6 de noviembre de 2011

Don Sandalio Mejía o la pasión convertida en letras

Parte de lo que sabemos acerca de nuestra familia se lo debemos a los historiadores de Huauchinango y Pachuca, hombres que sin haber estudiado Historia, pero con una gran pasión por el conocimiento, recabaron datos, analizaron documentos, hicieron entrevistas y escribieron libros.

Personalmente, he revisado innumerables tesis de posgrado que retoman al pie de la letra los datos que don Sandalio Mejía Castelán proporciona en Huauchinango histórico sin jamás darle el crédito; es decir, lo plagian, suponiendo que por tratarse de un historiador local será desconocido para los sinodales de la capital.

Es por ello que quiero hacer un espacio en esta bitácora para rendir un tributo mínimo a estos hombres. Y empiezo con dos textos escritos por Mario Alberto Mejía en memoria de su abuelo, don Sandalio Mejía Castelán.

Don Sandalio Mejía o la pasión convertida en letras
A la memoria de mi madre
A la presencia de mi padre
Mario Alberto Mejía


Cuando don Sandalio Mejía Castelán nació (2 de diciembre de 1891), en Huauchinango no había luz eléctrica ni agua potable. Además, las calles no conocían el pavimento, y las mulas y los caballos transitaban por las calles sin autos.

Él no lo sabía, pero con sus escasos estudios de primaria -cursó hasta el segundo año- se convertiría, al paso de los años, en un intelectual disciplinado y fervoroso, dueño de un horario estricto en el que cabían la lectura minuciosa de los archivos religiosos y laicos, y la escritura templada de la historia regional.

Pero don Sandalio también se daba tiempo para dos cosas: enterarse de los últimos sucesos mundiales a través de su viejo radio de onda corta y tocar en su vieja armónica una de sus piezas favoritas: La Norteña, siempre en honor de quien sería su esposa: doña Aurorita Huerta de Mejía.

Hijo de don Antonio Mejía Vera y de doña Julita Castelán Ibarra, el niño Sandalio interrumpió sus estudios y se puso a trabajar desde muy temprano. Es decir: apenas si conoció la o por lo redondo.
Uno de sus méritos fue haberle dado la carrera de medicina a su hermano Enrique, quien con los años llegó a ser secretario de Salud del gobierno de Puebla.

Un hecho curioso narrado varias veces por él iluminó su infancia: cuando era muy joven le tocó las piernas a María Conesa, la célebre Gatita Blanca. Ante eso, la intérprete de Antolín tomó su fuete (iba a caballo en una especie de desfile de actores, cantantes y vicetiples), pero se contuvo al ver que su osado profanador era casi un niño. Ella se acomodó la falda y siguió su marcha. A él se le iluminó el rostro.

El joven Mejía fumaba cigarros Alas sin filtro. El baile era una de sus debilidades. También el pulquito de los sábados para acompañar su chile con huevo y los tamales de india. Por correspondencia se graduó como contador privado y eso lo llevó a trabaja en la Recaudación de Rentas y en los negocios de don Abelardo Vite.

Elegante como pocos, usaba traje casi todos los días. Y cuando podía se metía en un traje blanco, blanquísimo, y en su corbata de moño. No podía faltar en esa imagen idílica un sombrero de la prestigiada casa Tardán. Para adquirirlos, viajaba a la ciudad de México, llegaba a los bajos del Hotel de Cortés (frente a Palacio Nacional) y se metía a la tienda de sombreros.

A ese México (hoy en ruinas) iba también a comprar libros. Para ello se hospedaba en el Hotel León (en la calle de Brasil), comía en el café La Blanca y no se perdía las noticias a través del diario Excélsior. En uno de esos viajes fue al Museo de Antropología y descubrió el jeroglífico de Huauchinango. Generoso como era, lo donó al ayuntamiento presidido por don Adán Sánchez Montes.

Don Sandalio se casó con Aurorita y tuvieron ocho hijos. Fue un hombre feliz hasta que tres embolias lo postraron en la cama. Ella, por su parte, fue una esposa amorosa y comprensiva, como tienen que ser las esposas de los intelectuales. Nunca, jamás se les oyó discutir. Al contrario: vivieron su matrimonio con conciencia y paciencia. Don Sandalio era lo que se dice madrugador. A las 5 y media de la mañana se levantaba y tras bañarse se ponía a caminar por el añoso corredor de la calle Morelos, donde construyó una enorme casa poblada de triunfos y los inevitables fracasos. A las 7 de la mañana se sentaba a desayunar con toda la familia. Luego se iba a trabajar a la Recaudación. Regresaba a comer a la una de la tarde. Entonces platicaba con sus hijos. Uno por uno tenían que contarle cómo les había ido en la escuela.

Y ay de aquel que dijera que no había hecho nada, pues don Sandalio le decía que se levantara de la mesa y se quedara sin comer. Era un decir, pues, amorosa como era, Aurorita les llevaba a escondidas su comida.

A las 3 de la tarde, don Sandalio volvía a la oficina, de la que salía a las 6 o a las 7. Entonces se metía en su estudio a leer y a escribir. Horas enteras duraba esa operación.

Y no dejaba que nadie lo interrumpiera. Concentrado en su Remington antigua, preparaba, poco a poco, lo que sería su obra fundamental: la historia de su pueblo. Rodeado de sus libros (tenía cinco mil volúmenes), metido en documentos y papeles, fue haciendo la historia de Huauchinango y la región. Todo le interesaba: todo lo investigaba. Charlaba con ancianos, se metía en los archivos municipales, extraía datos curiosos. Juntaba, pues, las piezas de la trama.

Y esa tarea le llevó años enteros. Años de luces y sombras. Años de privaciones y pasiones. Años de ciencia y paciencia.

Esa disciplina también le forjó un carácter. Y más: le ganó el respeto de los suyos. Su buena fama pública lo acercó a gente brillante. Dos nombres: don Alfonso Cravioto el creador de la revista Savia Moderna y el profesor Roberto Quirós Martínez. El primero fue quien lo recomendó con éxito en la Academia Nacional de Historia y Geografía, de la que fue miembro destacado. El segundo, en tanto, lo acompañó por años en su aventura intelectual.

Fueron días de asombro y debates. Días de disciplina y entereza. No podía ser de otra manera. Y es que don Sandalio había sido tocado por el conocimiento.

Lector agudo, se volvió un solitario. ¿La razón? Con pocos, poquísimos, podía hablar de historia y literatura. No obstante, jamás perdió su buen humor y acompañado de su familia entera se iba los domingos a sus célebres días de campo. En el camino comía gorditas, tocaba la armónica y jugaba con sus hijos.

En lo político, don Sandalio fue también un solitario. Enemigo de los mentirosos y los corruptos, perseguía el sueño de la razón. Eso lo llevó a equivocarse en ocasiones (ya se sabe: los sueños de la razón engendran monstruos). Más por idealismo que por otra cosa se afilió al Partido Fascista Mexicano. Como Ezra Pound, el poeta estadounidense que iluminó las letras en los años veinte, creyó en ideales extravagantes. Seguramente cuando vio el horror de la guerra, descreyó de ellos.

Una anécdota lo pinta de pies a cabeza: en el marco de unas elecciones, don Sandalio tomó una boleta y dijo para sí: "yo voto por mí porque soy el más honesto". Irritados por su razonamiento, don Alberto Jiménez Valderrábano y don Agustín Gil le pidieron al recaudador de rentas que lo corriera. Para entonces, don Sandalio estaba por jubilarse. Gracias al licenciado Armando Romano, su amigo, la jubilación se impuso al despido fulminante.

Antes de que eso ocurriera, don Sandalio llegaba los sábados a su casa cargado de las monedas que cobraba en el tianguis. Sus hijos le ayudaban a lavarlas. Limpias ya, las entregaba a la Recaudación.

A sus muchas habilidades sumó el gusto por la música. Y, además de la armónica, tocaba la mandolina y la flauta. Ya adulto, aprendió náhuatl y fue articulista de varios diarios: Excélsior (entre 1923 y 1957), El Universal (entre 1931 y 1935), El Sol de Puebla (1958), el Occidente de Guadalajara (1932), La Opinión de Los Ángeles, El Dictamen de Veracruz y La Voz de la Sierra.

Justo cuando estaba escribiendo Huauchinango Histórico, una embolia lo sorprendió y lo mandó al hospital. Estaba comiendo cuando eso ocurrió. Disciplinado como era, logró recuperarse haciendo sentadillas en el corredor de su casa. Cuando la segunda embolia llegó a su vida, tuvo miedo de fallecer. Entonces dijo: "Si muero pongan el libro que estoy escribiendo en el féretro". Pero eso no ocurrió, pues una vez más logró recuperarse y concluyó sus dos tomos.

Tras la publicación de su obra en la editorial Cajica, de Puebla, la celebridad llegó a su vida. De todas partes del país llegaban a verlo todo tipo de estudiosos. Él ya no lo supo, pero con el tiempo decenas de tesis universitarias se han inspirado en su obra.

Tras sufrir una tercera embolia, don Sandalio perdió una buena parte de sus movimientos. Y es que su cuerpo dejó de responderle al cien por ciento. Incluso su voz se hizo lejana, ausente a veces. Con todo en contra, lograba levantarse en ocasiones y con ayuda del bastón recorría, como antes, el añoso corredor.

El 31 de enero de 1973 falleció en la ciudad de Poza Rica, Veracruz, a donde había llegado víctima de una bronconeumonía. Tenía entonces 81 años de edad.

Tres décadas y media después seguimos hablando del hombre y su obra.

En otras palabras: seguimos recorriendo el añoso corredor de don Sandalio.

Puebla, Puebla, 26 de noviembre de 2008.




Retrato de mi abuelo con bastón
Mario Alberto Mejía


Veo una foto de mi abuelo. Me está cargando en brazos. Mis primos posan para el fotógrafo sentados afuera de su casona de la calle Morelos. Él sonríe. Se ve fuerte. Yo tengo unos meses de nacido. Mis primos observan atónitos la cámara de fotos. Unos sonríen. Otros se ven extremadamente serios. Yo me solazo en los brazos de mi abuelo.

Veo otra foto: mi madre, guapísima, de negro (acaba de morir mi abuelo Ofir), me carga mientras mi abuelo Sandalio me hace gracias. En otra más está mi tía Coquis también guapísima, también de luto, afuera de la casa de Morelos.

¿Cuándo conocí a don Sandalio? Seguramente en esa fecha (1956), aunque el primer recuerdo que tengo de él es cuando a los 11 años le llevé un periodiquito que hacía en la ciudad de México: El Pájaro Madrugador. Cuatro páginas apenas. Papel bond amarillo. Letras de Olivetti o Remington. Apuntes sobre la navidad y una entrevista con un ex boxeador: Jorge Ceja.

Mi abuelo, metido en su tercera embolia, me abrazó largamente y balbuceó algunas palabras que mi abuelita Aurorita tradujo con fidelidad: "Dice que está muy orgulloso de ti". Voltee a verlo y me di cuenta de que estaba llorando. Me acerqué a la mejilla y lo llené de besos. Su barba rala, canosa, me picaba, pero la felicidad era mayor que todo.

También recuerdo a mi abuelo caminando por el corredor de su casa con el bastón en la mano y un gesto de reflexión.

Así lo veo cada vez que alguien habla de él. Caminando, lentamente, pero caminando siempre.

3 comentarios:

  1. Anónimo10:29

    Muy interesante y mas por que yo llevo ambos apellidos me llamo Jorge eduardo Mejia castelan y también soy de huauchinango

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  2. Anónimo18:37

    Siguiendo su legado, su bisnieto, futuro historiador, se enorgullece de leer las prójimas palabras.

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  3. Hola.... muy enriquecedor esta pequeña remembranza de quien para muchos es una persona desconocida... pero para otros no tanto, entre ellos Yo... Tengo una copia muy viejita de su libro (Huauchinango historico) que me imagino ud tambien ha de tener y si su sr abuelo fue el Sr. Sandalio, el mio fue el Sr. Alfonso (su hermano), por lo cual ud y su servidor nos convierte en primos... Es ud la unica persona que hasta ahora contacto por parte de la familia de mi abuelo materno. Saludos. ATTE. Armando Mendoza Mejia

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